Dios y su existencia Imprimir
Martes 25 de Junio de 2013 09:07

Quien descubre verdaderamente como Dios le ama, no puede tener otra reacción que “devolverle” ese amor. Aquel Dios que nos sacó de Egipto, de la esclavitud, debemos tenerlo en lo más alto en dos sentidos: por agradecimiento y porque el cansancio del camino nos hará dudar. Repetirlo cada día, hacer presente ese Amor, es necesario para nosotros. Y ha de notarse tanto que contagiemos a los demás. En ese Amor no caben pues, otros dioses, ni poner nuestra referencia en otras cosas. “Buscad primero el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Así pues, quedan descartados, la superstición, las magias, adivinaciones, tarots, ocultismo, buscar la verdad interior… La Verdad nos viene revelada de lo alto.

 


 

Desde esta posición, está claro que el ateísmo es contario a este mandamiento, pero hay que sopesar, si aquel que se declara ateo, ha conocido a Dios y se ha separado de Él o si no ha llegado a sentir la compasión y misericordia que viene de Dios. Recordemos que la Fe es un don de Dios a la vez que una respuesta del hombre y que en la respuesta afirmativa del prójimo nosotros tenemos algo que decir y que proponer, nunca imponer.

 

 

Igual de respeto que nos merece nuestro Dios, merece su nombre y todo lo que le concierne. No podemos hablar mal de Aquél que nos amó primero, ni de todos aquellos lugares u objetos que hemos destinado a su culto. Así como imágenes, o símbolos que representan a Dios, a Cristo, la Virgen o los santos.

Aunque en el Antiguo Testamento no se permitía hacer imagen alguna de Dios, tras su encarnación sí se ha hecho visible, Aquél que permanecía invisible, como en el Sinaí u otros momentos veterotestamentarios, tiene un rostro que veremos sufrir y curar, que podremos identificar tras su resurrección como María Magdalena, los apóstoles… Esa cercanía podemos sentirla en las imágenes que tenemos en casa o en las iglesias, sabiendo que son eso, imágenes de Nuestro Salvador, porque Cristo está en la dirección del Sagrario, y vimos en su momento la importancia de la Adoración Eucarística.

En el tercer mandamiento, Santificarás las fiestas, como ocurre con las imágenes, sufre una trasformación tras la venida de Cristo. Dios quiere que su pueblo dedique un tiempo al descanso y un día a la semana cambiar la actividad cotidiana y dedicarlo a Dios y al prójimo. En el Antiguo Testamento era el sábado, y así sigue siendo para los judíos, mientras que para los cristianos el día principal de la semana es el Domingo, día del Señor, en el que celebramos la Resurrección de Cristo. Debe ser pues el domingo un día en el que paremos nuestra labor y dediquemos el tiempo a Dios, a la familia, los amigos sin descuidar el sentido sagrado de ese día. No debe bastarnos con el cumplimiento de la Misa Dominical, no debemos dedicarnos a nuestro ocioso egoísmo, ¡No es compatible con el Amor!